La propaganda que no pudo borrar la memoria

Cristina Ruiz-Cortina, de la Asociación Al Quds, presentó a las autoras de Contra el Olvido. Una memoria fotográfica de Palestina antes de la Nakba, 1889-1948. Se trata de un libro coral, en el que han intervenido también de modo desinteresado Bishara Khader, profesor de la Universidad Católica de Lovaina, Pedro Martínez Montávez, arabista, profesor emérito de la UAM (Universidad Autónoma de Madrid) y Johnny Mansour, historiador, profesor de la Universidad de Haifa. Es el primer libro escrito en castellano sobre este asunto.

El trabajo de Teresa Aranguren, periodista, y Sandra Barrilaro, fotógrafa, junto a estos profesores, da a conocer a través de imágenes conservadas con celo por las familias que fueron expulsadas de su tierra en 1948 y otras procedentes de la Matson Collection (Librería del Congreso de EEUU), la existencia de una sociedad ancestral palestina, plural y organizada, tanto rural como urbana, que empezó a ser borrada de la tierra y de la historia a finales del siglo XIX por el sionismo, movimiento colonialista de origen europeo que surge en ese tiempo. 

 

De manera implacable y sin tregua los palestinos fueron expulsados de sus casas, privados de sus tierras, de sus trabajos, teniendo este proceso hasta el presente imparable en 1948 su punto de inflexión más pronunciado cuando se produjo la Nakba, inicio del actual estado de Israel.

Este es el origen del llamado conflicto palestino: un movimiento colonialista, el sionismo, que se apodera de un territorio para establecerse, apoyado por Francia e Inglaterra, las potencias de la época. Un territorio denominado con el término Palestina, que aparece ya en inscripciones egipcias del s. XII a.C. Para ello necesitan hacer una limpieza étnica de la población que lleva habitando allí cientos de años. Proceso que no ha parado desde entonces y continúa en la actualidad. Por ello el derecho al retorno de los refugiados y la indemnización por los daños recibidos es un asunto irrenunciable para la sociedad palestina.

El libro, escrito en castellano y árabe, tiene una curiosidad. Si lo leemos en castellano, las fotografías nos permiten seguir los acontecimientos desde el pasado hasta lo más reciente. Sin embargo, si lo leemos en árabe, nos llevan a internarnos en las raíces que nos dan las claves para entender un conflicto que aún hace sangrar las heridas de una sociedad que se resiste a ser borrada del mapa y de la memoria.

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En su intervención Teresa Aranguren incide en la importancia que tiene conocer a fondo aquello que es objeto de nuestra solidaridad. Casi no hay información sobre la sociedad palestina inmediatamente anterior al desastre, a la Nakba. Nos llegan noticias, pero hay una tergiversación deliberada, ocultamiento y mentiras sobre la raíz, sobre el tiempo en que empezó todo, en 1880, cuando el sionismo lanza sus eslóganes “Una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra” y “El desierto convertido en vergel”.

En textos limpios y concisos, plagados de datos históricos incuestionables, los autores plasman con rigor el contexto histórico entre 1880 y 1948. Es una realidad palmaria que el sionismo se ha encargado de ocultar datos de censos de población y de propiedad de las tierras, realizados por los otomanos y por los ingleses.

En 1948 hay documentada una limpieza étnica, pero la propaganda sionista la disfraza, la tergiversa y la oculta diciendo que las tierras fueron vendidas por los palestinos a los judíos. La realidad es que en 1948 sólo el 6,6% de la tierra era de propiedad judía, en su mayor parte adquirida a la administración otomana y a algunos terratenientes que residían en Beirut o Estambul. Un 47,7% de las tierras era de propiedad árabe y el 46% restante eran tierras comunales y públicas.

A finales del s. XIX se empieza expulsando a los campesinos palestinos que llevaban trabajando durante generaciones esas tierras en régimen de arrendamiento o aparcería, independientemente de quién fuera el dueño, para que su lugar lo ocupen colonos judíos que poco a poco llegan de Europa y se van instalando allí.

Luego, cuando en noviembre de 1947 la ONU adopta la resolución de la partición del territorio palestino, empiezan las expulsiones y las apropiaciones de tierras y recursos por parte de los sionistas porque piensan que un estado judío no sería posible si no se vaciaba el territorio de su población árabe.

El movimiento sionista se presenta como baluarte occidental frente a la barbarie de Oriente, apoyados por la gran potencia del momento, Reino Unido. Pero la realidad es que lo ocurrido no fue un enfrentamiento religioso ni cultural, sino un proceso deliberado de colonización de un territorio donde en 1921 había una sociedad constituida por un 11% de cristianos, un 76,9% de musulmanes, un 10,6% de judíos y el 0,9% de otras confesiones, lo que Johnny Mansour denomina un sociocidio.

 

Sandra Barrilaro explica el proceso que siguieron hasta que el libro vio la luz.

La huida y la expulsión supuso  que muchas familias perdieran sus fotos, además de sus casas, sus tierras y su vida. Tras un primer intento fallido de conseguir material fotográfico entre las colonias palestinas establecidas en Canarias, Madrid y Barcelona, aparece la posibilidad de trabajar con Johnny Mansour, profesor de la Universidad de Haifa, que lleva años recopilando fotos familiares palestinas. Viajaron a Haifa para seleccionar y escanear el material. Cada imagen tiene una historia detrás. Esas fotografías corresponden a una sociedad urbana, fundamentalmente de Haifa y sus alrededores.

El resto de fotos, que permite hacer un retrato más completo de la sociedad palestina, se han obtenido del archivo del hotel American Colony, la Matson Collection, que forma parte actualmente de los fondos de la Librería del Congreso de los Estados Unidos. Esta colección la constituyen más de 22.000 negativos y placas de vidrio, correspondientes al periodo entre 1898 y 1946, e incluye retratos costumbristas, de celebridades, acontecimientos sociales y políticos, fiestas populares, factorías y oficios.

El American Colony en su origen fue propiedad de unas familias americanas y suecas que, como muchos otros grupos de cristianos piadosos se establecieron en Palestina, considerada Tierra Santa. Siempre constituyó un foco cultural y una referencia de pluralidad en Jerusalén.

Ante nuestros ojos desfilan hospitales, asociaciones de mujeres, exportaciones de naranjas en Jaffa, fábricas de vidrio en Hebrón, pescadores, la primera línea aérea palestina, un aeropuerto, el ferrocarril que unía Jerusalén-Jaffa-Damasco, policías de tráfico, grupos de boy-scouts, cine al aire libre proyectado en la pared de una mezquita, la primera intifada de 1936-1939 contra el colonialismo inglés, la demolición de casas como castigo colectivo, mujeres cristianas y musulmanas que participan en la política activamente, equipos de baloncesto, fútbol, funcionarias, gente que va de excursión, comuniones, los primeros efectos de la Nakba sobre Haifa…

Cuando empezó la Nakba habitaban en esa ciudad 80000 palestinos, de los que quedaron sólo 3000. Los que salieron huyendo de los ataques lo hicieron pensando en volver al cabo de dos o tres semanas, cuando se restableciera la calma. Hoy todavía siguen soñando con poder volver a la tierra que les vio nacer a ellos, a sus padres y a los padres de sus padres.

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