Todos los pueblos tienen capacidad para crear su propio destino

Ayer, 10 de noviembre de 2016, tuvo lugar en el Salón de Grados del campus de El Ejido la conferencia Cuando la revolución termine. Siria contada por los sirios/as, de la periodista hispanosiria Leila Nachawati. Esta actividad, promovida por la Asociación Al Quds, está incluida en el PAPR-UMA (Plan de Apoyo a las Personas Refugiadas de la Universidad de Málaga). Para Al Quds fue un honor contar con una de las voces de mayor autoridad para hablar sobre Siria. Tras su intervención se abrió un turno de preguntas que contó con numerosas intervenciones de los asistentes.

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La información publicada en los medios sobre lo que ocurre en Siria es la imagen del Sur visto por el Norte. Se presenta como una explosión inherente a esas poblaciones, sin causas que la expliquen ni responsables internos o externos. Se abusa sobremanera de la dicotomía para simplificar una situación muy compleja que afecta sobre todo a una sociedad que parece que no existe y, en todo caso, “se ha buscado” lo que está sufriendo. No se habla de las personas que lo están viviendo, y eso produce una falta de empatía. Mirando desde esta dicotomía no se ven las razones económicas, sociales y políticas que han llevado a Siria al momento en el que se encuentra actualmente.

Desde el punto de vista geoestratégico, tanto Rusia como EEUU tienen unos intereses muy claros, pero las sirias y los sirios están ausentes; no pueden decidir sobre el futuro de su país. Los análisis políticos dividen la región como un tablero de ajedrez, según los avances de rusos y estadounidenses.

Desde el ángulo geopolítico se silencia el proceso de neoliberalismo feroz desarrollado por la familia Assad desde que ocupa la jefatura del país; antes el padre, ahora el hijo. Se destruyó la sociedad rural, lo que provocó un éxodo a las ciudades en el año 2000, y los medios de vida de la mayoría de la población sufrieron un gran quebranto. Todo está privatizado, y el gobierno no presta servicios a los ciudadanos. Las primeras manifestaciones fueron pacíficas, para pedir justicia, libertad y el fin de las desigualdades sociales. No se trataba de un enfrentamiento religioso entre sunnitas y chiítas, como a veces pretenden hacernos creer, sino de las aspiraciones totalmente razonables y legítimas de un pueblo.

Los medios de comunicación reducen a dos únicas opciones el futuro de Siria; hay que elegir entre Bachar El Assad y el DAESH. El pueblo se manifestó en 2011 pidiendo libertad y una vida digna y se le respondió con torturas y bombas. Es que no saben vivir en democracia, se dice de ellos, como antes se decía de los españoles para justificar el golpe militar de Franco contra la República, y su secuela terrible de casi cuarenta años. Lo cierto es que una férrea dictadura allí es muy conveniente para los intereses de Israel.

Europa pudo apoyar a la población civil cuando comenzó el conflicto bloqueando las cuentas bancarias y presionando a El Assad para que cediera a las aspiraciones democráticas de su pueblo, pero su pasividad ha provocado que las protestas pacíficas devinieran en enfrentamientos armados.

La izquierda europea no distingue la línea que delimita los derechos humanos y los intereses políticos. EEUU es responsable de la destrucción de Irak y Palestina, pero también hay que reconocer el papel de Rusia en la destrucción de Siria. Los que están en contra de la dictadura de El Assad son denostados por denunciar la responsabilidad de Rusia, como si estuvieran a favor del imperialismo americano por ello.

Respuestas como el bombardeo de la ciudad de Racca,  anunciado por François Hollande después del atentado de Niza,  no contribuyen a acabar con el DAESH. No se puede fomentar la impunidad, pero hay que luchar contra un espacio intelectual instigador, y eso no se hace a cañonazos.

El DAESH es el sucesor de Al Qaeda, movimiento al que se sumaron extremistas que estaban encarcelados por delitos de sangre y que fueron liberados por El Assad al inicio de la guerra. Controla una parte relativamente pequeña del territorio, y allí impone sus delirantes y aberrantes leyes a los que allí viven. Las bombas lanzadas desde el cielo por Rusia y EEUU caen sobre una población que se enfrenta tanto a El Assad como al DAESH. Assad y DAESH se retroalimentan, y actúan como aliados cuando se trata de exterminar a los que no se decantan por ninguno de ellos.

La sociedad civil se ve abocada a elegir entre una de las dos dictaduras, pero hay una resistencia que se enfrenta cada día para que esto no sea así. Hay que apoyar a las personas y movimientos civiles que asisten a las víctimas de los bombardeos, a los que levantan colegios para que se pueda educar en libertad, a periodistas y blogueros que dan voz a ciudadanos y ciudadanas de a pie y cuentan lo que está ocurriendo. Es un trabajo heroico, ponen su vida en riesgo y muchas veces la pierden. Están asesinando y haciendo desaparecer a las personas que están llamadas a ser los líderes del futuro. Levantarse cada mañana en Siria es, en sí mismo, un acto de resistencia.

El país lo están sacando adelante las mujeres, porque los hombres en su mayoría están muertos, encarcelados o enrolados de grado o por la fuerza en las milicias y el ejército.

Hay zonas que son pequeñas islas donde se vive con normalidad, pero hay muchas más que están siendo devastadas por unos u otros. En algunos pueblos pequeños se desarrollan microproyectos sociales que pueden considerarse el atisbo de un futuro democrático de Siria. Son aquellos que no interesan ni a DAESH ni a El Assad.

Siria tiene valor por su posición geográfica, y su futuro está condicionado por los intereses de Rusia en la región y el mantenimiento de la tranquilidad tensa con Israel, aliado privilegiado de EEUU.

Por otro lado, Irán y Arabia Saudí son estados-espejo luchando por la hegemonía en la región y se valen de la religión para obtenerla. A cada movimiento de uno de ellos responde el otro con un movimiento antagonista.

El futuro del Siria depende de los intereses de Rusia. Lo peor sería que el país se dividiera en taifas religiosas, y desgraciadamente parece que caminamos hacia eso, porque ya se están estableciendo esas zonas. El futuro de El Assad parece que será reinar sobre un cementerio, posiblemente gobernando la zona de Latakia.

En el panorama internacional ahora se abre un tiempo de más autoritarismo con Trump como presidente de Estados Unidos. Da la impresión de que vamos hacia una megaalianza imperialista en la que ya no existirá un enfrentamiento entre USA y Rusia, sino alianzas entre todos los que detentan el poder de forma autoritaria. Los poderes se aliarán contra las poblaciones para ahogar sus protestas por la falta de derechos y libertades.

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El libro Cuando la revolución termine es una contribución a esta resistencia contra las dictaduras, y una apuesta por una sociedad siria autónoma, justa y libre. Cuando la revolución termine se convirtió en un mantra que expresaba el stand by en el que quedaron las vidas de los que participaban en primera línea en las revoluciones de Oriente Medio. Por eso lo eligió como título. Y, como la mayoría de los libros que se escriben en la zona, propone un final ambientado en otra época, en un intento de crear espacios que permitan alentar la esperanza de un futuro mejor.

Para que la sociedad se regenere y se cicatricen las heridas es necesaria una justicia transicional. Actualmente a las víctimas se les niega el reconocimiento de su condición.

Es necesario que se respeten todas las creencias e identidades religiosas, pero que la sociedad sea civil, laica. Antes de la guerra allí, como con Franco, vivían bien los que eran dóciles y encajaban en el estándar del sistema, pero hubo mucha represión para que las minorías se integraran borrando su propia identidad de manera brutal.

Es importante escuchar y entender a las víctimas. Hay que apoyar iniciativas locales, como el periódico digital Enab Baladi de Daraya, por ejemplo. Hay que impedir el acoso que sufren los trabajadores humanitarios y denunciar los bombardeos a la población civil para que cesen cuanto antes.

Los sirios pueden aprender mucho de los bosnios y de los países latinoamericanos que salieron recientemente de dictaduras y enfrentamientos civiles para intentar superar este periodo tan cruento de su historia. Para que los refugiados puedan volver, porque los sirios quieren volver a casa, el conflicto tiene que terminar, y todavía no se habla de paz en Siria.

A pesar de todo, muchos seguimos creyendo en la capacidad de crear su propio destino que tienen todos los pueblos, también los de Oriente Medio.

 

Leila Nachawati Rego es especialista en comunicación y derechos humanos en Oriente Medio y norte de África. Máster en Cooperación Internacional. Profesora de Comunicación en la Universidad Carlos III de Madrid. Autora del libro Cuando la revolución termine.

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